La peligrosa costumbre de querer tener razón

Vivimos en la época de información y las conversaciones infinitas.

Nunca antes habíamos tenido tantas oportunidades para hablar. Opinamos desde el celular, desde la sala de juntas, desde la mesa familiar, desde las redes sociales, desde los medios de comunicación y, por supuesto, desde esos grupos de WhatsApp donde convivimos expertos improvisados en economía, política, salud, fútbol y relaciones internacionales.

Hablamos mucho… tanto, que a veces pareciera que el mundo entero se hubiera convertido en un gigantesco panel de opinión permanente. Y, sin embargo, hay algo que cada vez hacemos menos: escuchar.

No escuchar para responder. No escuchar para defender una posición. No escuchar para encontrar el error del otro. Escuchar de verdad.

Escuchar con la posibilidad real de que aquello que estamos oyendo nos transforme.

Quizá por eso una de las cosas más extrañas de nuestro tiempo es que hemos confundido la convicción con la inmovilidad. Creemos que tener criterio significa aferrarnos a una idea hasta las últimas consecuencias, incluso cuando la realidad nos muestra nuevos matices, nuevos datos o nuevas perspectivas.

Y es que hemos convertido las opiniones en trincheras. Y desde las trincheras nadie aprende demasiado.

Las redes sociales no ayudan. Los algoritmos tienen una clara habilidad para reunirnos con quienes piensan igual que nosotros. Nos muestran las noticias que refuerzan nuestras creencias, los análisis que validan nuestras conclusiones y las voces que confirman que siempre tuvimos razón, lo que resulta demasiado cómodo.

Claramente, la certeza produce una sensación agradable. Nos hace sentir seguros. Nos da la ilusión de control en un mundo cada vez más incierto.

En cambio, la duda, exige valentía, nos exige reconocer que no lo sabemos todo y peor aún que podemos estar equivocados, que existen experiencias distintas a las nuestras y que alguien, desde una historia de vida completamente diferente, puede tener una parte de la verdad que todavía no hemos sido capaces de ver.

Tal vez por eso la curiosidad sigue siendo una de las cualidades más revolucionarias que existen. Los niños la practican de forma natural. Preguntan sin descanso, no sienten vergüenza por no saber, no les preocupa parecer ignorantes. Su mundo se expande con cada respuesta, pero también con cada nueva pregunta.

Paradójicamente, los adultos hacemos lo contrario; A medida que crecemos acumulamos conocimientos, títulos, experiencias y certezas. Y sin darnos cuenta comenzamos a proteger nuestras opiniones como una extensión inamovible de nuestra identidad.

Ya no discutimos ideas, defendemos posturas y cuando una opinión se convierte en identidad, la posibilidad de cambiarla empieza a sentirse como una amenaza.

Quizá por eso hoy resulta tan difícil encontrar conversaciones genuinas. Esas conversaciones que no terminan con un ganador y un perdedor y que no buscan convencer sino comprender. Esos diálogos extraños y maravillosos de los que uno sale con más preguntas que respuestas.

Las mejores conversaciones de mi vida han tenido algo en común: ninguna me dejó exactamente igual.

Algunas me obligaron a replantear decisiones importantes. Otras me ayudaron a entender realidades que desconocía. Varias me enseñaron que detrás de una postura aparentemente opuesta suele existir una historia que vale la pena escuchar. Y casi todas me recordaron algo fundamental: las personas no somos nuestras opiniones, somos mucho más complejos que eso.

En un país polarizado, donde clasificamos a los demás antes de comprenderlos, esta idea resulta especialmente importante. Porque cuando dejamos de ver seres humanos y empezamos a ver etiquetas, las conversaciones en vez de construir puentes, comienzan a levantar muros.

Colombia tiene muchas conversaciones pendientes y tengo la certeza de que la más urgente no es sobre política, economía o tecnología. La conversación pendiente que todos nos debemos es quizá esa sobre nuestra capacidad de escucharnos.

Sobre nuestra disposición a convivir con el desacuerdo, sobre el valor de la duda, sobre la humildad de reconocer que nadie posee toda la verdad.

En un momento donde todos parecen competir por tener la última palabra, escuchar se ha convertido en un acto de liderazgo y en un mundo donde abundan las respuestas rápidas, las opiniones contundentes y las certezas instantáneas, tal vez el verdadero lujo no sea tener razón, sino por el contrario, encontrar en una conversación real, el punto capaz de hacernos cambiar de opinión.

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